
La nueva Odisea
PRÓLOGO
Me llamo Ulises, hijo de Laertes. Mi primer nacimiento fue hace más de tres mil años en la isla de Ítaca, en los tiempos de los dioses y los héroes. Mi segundo nacimiento ha sido en los tiempos modernos, en el siglo XX. Antaño surqué casi todo el Mediterráneo buscando mi hogar, a mi mujer Penélope y a mi hijo Telémaco. Hoy, desterrado en el tiempo y más solo que nunca, me dispongo a embarcar en el puerto de Valencia, adonde he llegado desde mi Cuenca natal, para enrolarme en el transatlántico en el que espero llegar a Ítaca. Sólo en Ítaca encontraré lo que necesito.
PRÓLOGO
Me llamo Ulises, hijo de Laertes. Mi primer nacimiento fue hace más de tres mil años en la isla de Ítaca, en los tiempos de los dioses y los héroes. Mi segundo nacimiento ha sido en los tiempos modernos, en el siglo XX. Antaño surqué casi todo el Mediterráneo buscando mi hogar, a mi mujer Penélope y a mi hijo Telémaco. Hoy, desterrado en el tiempo y más solo que nunca, me dispongo a embarcar en el puerto de Valencia, adonde he llegado desde mi Cuenca natal, para enrolarme en el transatlántico en el que espero llegar a Ítaca. Sólo en Ítaca encontraré lo que necesito.
Hace muchos años, como unos veinte, a las afueras de la pequeña ciudad de Cuenca, sucedió un nacimiento. Se trataba de un diminuto niño moreno y de ojos profundos. Nació en una humilde familia y le pusieron por nombre Ulises. Pasaron los años y Ulises creció en compañía de sus padres. Con el tiempo, Ulises se dio cuenta de que muchas cosas le resultaban familiares, como si ya las hubiese vivido.
Una noche de otoño recibió una extraña visita: era un antiguo dios griego. Éste le explicó quién era y a qué venía. Le contó que era hijo de Laertes y Anticlea, muy conocido por sus hazañas contra monstruos y sobre todo por luchar en Troya. Ulises se dio cuenta de que debería dejar ese lugar para volver a Ítaca. Abandonó todos sus bienes, se despidió de sus padres y cogió el primer carro que llevaba al puerto de Valencia. Pasaron unos cuantos días hasta llegar a Valencia, durante los cuales tuvo unos sueños muy extraños. Trataban de luchas en el mar, contra seres mitológicos. Se sintió molesto pero no le dió mayor importancia.
Una noche de otoño recibió una extraña visita: era un antiguo dios griego. Éste le explicó quién era y a qué venía. Le contó que era hijo de Laertes y Anticlea, muy conocido por sus hazañas contra monstruos y sobre todo por luchar en Troya. Ulises se dio cuenta de que debería dejar ese lugar para volver a Ítaca. Abandonó todos sus bienes, se despidió de sus padres y cogió el primer carro que llevaba al puerto de Valencia. Pasaron unos cuantos días hasta llegar a Valencia, durante los cuales tuvo unos sueños muy extraños. Trataban de luchas en el mar, contra seres mitológicos. Se sintió molesto pero no le dió mayor importancia.
Cuando llegó a Valencia, permaneció allí unos días para saber si alguien conocía su historia. A todo el mundo al que preguntaba se quedaba muy sorprendido y lo tomaban por loco.
Una tarde, cuando ya había perdido casi todas las esperanzas de que alguien supiera de él, decidió entrar en una lonja. Allí encontró a dos hombres que se dirigían a Venecia. Además, conocían su historia y estaban dispuestos a llevarlo.
Al día siguiente comenzaron el viaje cargados con muchas provisiones, ya que era un duro y largo trayecto.
Disponían de un barco lujoso de no mucha eslora, como unos treinta metros, de babor a estribor tenía unos quince metros, era alto y corpulento.
Una tarde, cuando ya había perdido casi todas las esperanzas de que alguien supiera de él, decidió entrar en una lonja. Allí encontró a dos hombres que se dirigían a Venecia. Además, conocían su historia y estaban dispuestos a llevarlo.
Al día siguiente comenzaron el viaje cargados con muchas provisiones, ya que era un duro y largo trayecto.
Disponían de un barco lujoso de no mucha eslora, como unos treinta metros, de babor a estribor tenía unos quince metros, era alto y corpulento.
Ulises sabía que el viaje no iba a ser nada fácil. Se acercaba la primera noche en la embarcación. Fue una noche tranquila y sin contemplaciones. Llovió un poco pero el mar seguía tranquilo y el tiempo suave .Al día siguiente, alrededor de las siete, se desató una tormenta muy fuerte. Los tres hombres hicieron lo posible porque el barco no se hundiera, mientras le explicaban a Ulises que en la Antigüedad, Poseidón, rey de los mares, había supuesto un gran problema para él. También le dijeron que se enfrentaron en una gran batalla de la que salió vencedor. Pensaron que la batalla era obra de Poseidón, para vengar aquella otra batalla que había perdido y que quedaba tan lejos. Poco a poco empezaron a aumentar las olas y cada vez, los tres hombres veían más difícil la idea de aguantar secos. También amenazó con rallos y truenos. Uno de ellos rompió el mástil mayor. Después lanzó piedras y causó algunos desperfectos, como la rotura del timón y la del ancla y el barco comenzó a hundirse. Lo más rápido que pudieron, Ulises y sus compañeros sacaron el bote salvavidas y montaron en él mientras veían como se hundía su barco, llamado Surcado . Al fin paró la tormenta y tan solo Ulises oía la risa burlona que desde algún lugar, lejano o más cerca, soltaba Poseidón. Pasaron los días surcando los mares a bordo de la barca hasta que un día divisaron un pequeño islote en el horizonte que en un pasado lo llamaron la isla de los cíclopes. Llegaron a la isla donde fueron recibidos cordialmente por sus habitantes. Comieron en un mesón que quedaba cerca del puerto, desde donde se podía divisar el bote. Decidieron pasar la noche en un hotel un poco apartado de donde se hallaban. De camino al hotel pasaron por unas rocas situadas al margen de la playa donde escucharon unas voces. Se acercaron para observar quién era los que las producían y descubrieron a un gran hombre de un solo ojo que al parecer se llamaba Polifemo. De inmediato, Polifemo cogió a un turista extranjero que se encontraba en las proximidades y decidió introducirlo en su boca. Ulises, dándose cuenta de la gravedad de la situación, decidió actuar, clavándole un palo de sombrilla abandonado en el ojo. Polifemo se quedó ciego al instante y empezó a dar unos cuántos puñetazos al aire sin causar daños, cayendo, posteriormente, a la arena. En ese momento se desató una tormenta y en medio del mar se formó la imagen de Poseidón diciendo: “Tú has matado a mi hijo, lo pagarás caro!,” y se sumergió en las aguas llevándose con él el cuerpo sin vida de Polifemo. Tras este suceso, fueron al hotel y allí pasaron la noche hasta que el sol brotó de entre el océano. Se ahorraron el desayuno ya que tenían bastante prisa y ya en el puerto decidieron alquilar un barco pesquero, que aunque no era igual de cómodo que el Surcador, los llevaría a Venecia, la ciudad de los canales. Soltaron el barco y decidieron embarcarse mar adentro. Como de costumbre, pasaron los días a bordo del barco, pero una soleada tarde encallaron en unas rocas desde las que se oían unas suaves voces. Eran las sirenas, así que pasaron de largo ya que el barco no había sufrido daños. Cada vez les quedaba menos para llegar a Venecia. Estuvieron dos días en ayunas pues se habían acabado las provisiones y cuando apareció a lo lejos la tan esperada Venecia, de la que sobresalía la Basílica de San Marcos, amarraron el barco en el puerto y decidieron dar una vuelta por la ciudad para ver si encontraban algún lugar donde rellenar su estómago que llevaba días sin probar bocado.
Tras recorrer la ciudad y buscar algún lugar agradable donde recuperarse de tan agotado viaje, encontraron una taberna situada a orillas de un canal donde parecía que la gente comía suculentas viandas. Estando comiendo, se le acercó un hombre de cierta edad, que a Ulises le traía viejos recuerdos y comenzaron a hablar:
-Hola soy Menelao, rey de Esparta.
-Hola yo soy Ulises.
-¿Qué te ha pasado? ¿Tienes muchas heridas?
-Sí. Viendo hacia Venecia tuve un encuentro con Poseidón y luchamos.
-Ven, eso te lo tiene que ver un médico.
-No, no importa se me curaran solas.
-Vale como tú quieras. No sé si te he dicho que necesito un buen arquitecto para volver a vencer a los troyanos.
Ulises se quedó meditando, y respondió:
-Yo te puedo ayudar.
Menelao se alegró y contestó:
-De acuerdo, te vendrás conmigo a Esparta para hacer una estructura que nos permita ganar la guerra.
Tras este breve diálogo, Menéalo y Ulises zarparon hacia Esparta y en el trayecto Ulises le preguntó a Menéalo:
-Menéalo, ¿Por qué habéis entrado en guerra con Troya?
-Porque Paris, hijo de Píramo, cuando yo estaba en Creta para asistir al funeral de mi suegro Coitreo, raptó a Helena, mi esposa.
Ante tal respuesta Ulises preguntó asombrado:
-Y, ¿vamos a ir solos?
-No, he convencido a todos los jefes y para asegurarme su ayuda han prestado juramento: Tindarero, a mi hermano, a Néstor, a Polamides y si te unes a nosotros, a ti también te lo jurarán.
Tras esta respuesta, emprendieron el viaje hacia su duro destino.
Fue un largo viaje pero al fin llegaron a Esparta donde estaban preparando la inminente guerra. Tenían armadas unas sesenta naves, pero Menéalo no fue el jefe supremo pues este honor recayó sobre su hermano Agamenón. Menéalo era tímido y menos amigo de honores que Agamenón, y aun siendo un valiente guerrero capaz de resistir los más duros combates, quedó siempre en un segundo plano. También era menos violento que algunos héroes reunidos contra Troya y sus enemigos se complacían riéndose de él.
Al día siguiente del viaje, Menéalo mandó a Diomides y a Ulises a buscar a Aquiles y lo encontraron en el harén del rey Nicomedes en Esciros. Después Menéalo y Ulises se trasladaron a Delfos para consultar al oráculo y ver lo que les decía acerca de la expedición contra Troya. Como los hados vaticinaron grandes victorias, emprendieron el viaje con las sesenta naves y todos los jefes, dispuestos a conseguir tan gran trofeo.
En el viaje Ulises le preguntó a Menéalo:
-Menelao, ya que nos hemos conocido ¿podrías contarme un poco de tu vida?
A lo cual Menelao, frunciendo ligeramente el ceño respondió:
-Vale. Yo soy, junto con mi hermano, hijo del rey Micenas y pertenezco a la estirpe de Pélope. Mi madre fue la cretense Aerope, hija de Catreo y fue llevada a Micenas por Nauplio después de haber sido entregada a un esclavo.
En mi juventud mi hermano y yo fuimos enviados por Atreo en busca de Tiestres. Lo encontramos en Delfos y lo condujimos a Micenas. Atreo lo encarceló y quiso que Egisto lo matase, pero éste reconoció a su padre y dio muerte a Atreo. Entonces mi hermano y yo tuvimos que abandonar Micenas, de donde nos expulsó Egisto, y nos refugiamos en Esparta junto a Tindoireo. Allí nos casamos con sus hijas, yo con Helena y Agamenón con Clitemestra. Durante varios años Helena y yo vivimos tranquilos en Esparta entre riquezas y una corte hospitalaria hasta que llegó Paris.
Mientras Menelao contaba su historia, el viaje se hizo tan ameno que llegaron a Troya sin percatarse del tiempo transcurrido e inmediatamente después del desembarco de los griegos, Menéalo y Ulises entraron como embajadores en Troya para reclamar a Helena y los tesoros que Paris había robado. Paris, tratando de resolverlo de forma pacífica la contienda, sobornó a su amigo Atimaco para excitar al pueblo y matar a Menéalo.
Ya en Esparta Ulises se puso a construir un caballo de madera donde iban a ir los guerreros que harían creer a los troyanos que era un regalo de los dioses y así entrar en la ciudad y saquearla.
A la mañana siguiente Menéalo, Ulises, Aquiles y otros guerreros entraron en la ciudad escondidos en el caballo de madera. Los demás griegos escondieron las naves y los troyanos al no ver nada metieron el enorme caballo dentro de la ciudad. Por la noche, al estar dormidos, saquearon la ciudad. Al morir Paris, Helena se había casado con Difobo, y Menélao fue a su casa y lo mató para llevarse a Helena.
Después de la guerra Menéalo, en su camino a Esparta, hizo escala en Tendeos, Lesbos y Eubea donde murió su piloto. Como era muy querido por todos, retrocedió para dedicarle unas obras fúnebres. Cuando reanudó el viaje una fuerte tempestad lo arrastró hacia Creta donde permaneció una temporada, para luego seguir desde Egipto, donde había pasado 5 años, acumulando riquezas hasta que finalmente volvió a Esparta 8 años después de haber salido de Troya, por tanto 18 años después de empezar la guerra. En Esparta Menéalo y Helena tuvieron una hija llamada Hermione.
Finalmente, Ulises llegó a Atenas después de vivir muchas aventuras con su amigo Menéalo y decidió pasar una temporada relajado cerca de la playa.
Tras su descanso pensó en partir rumbo a La Valeta en un fantástico barco donde se bronceaba en la cubierta del barco mientras se dirigía a su nuevo destino, La Valeta, la capital de Malta. Aburrido con la situación, pues no había mucho que hacer en un barco tan lujoso, decidió darse una vuelta por la cubierta y al poco rato de estar paseando se topó con un grupo de estudiantes suecas que también se dirigían al mismo destino. Ulises estuvo charlando con ellas, en el espacioso bar del buque, hasta bien entrada la noche. Ulises se sentía cómodo con ellas, pues en sus otras travesías su única compañía habían sido hombres, pero había algo raro en ellas, algo que le resultaba familiar: las asociaba o les rememoraba a unas sirenas, como a las que en otro tiempo y en otras circunstancias conoció, debiendo resistirse a sus llamadas.
A la mañana siguiente, mientras se daba una ducha caliente seguía pensando en lo ocurrido durante la madrugada y en su inacabado viaje hacía su añorada tierra. Una vez duchado, se sentó junto al ojo de buey del camarote volviendo a sus viejos recuerdos. El sonido del timbre, pues se estaba durmiendo soñando con su anhelada Ítaca y su querida esposa Penélope y su hijo, Telémaco, le bajó de sus pensamientos a la realidad.
Todavía con la toalla de baño anudada a la cintura abrió la puerta, descubriendo al grupo de estudiantes en biquini y que querían que les acompañase a la piscina. “En un momento estoy con vosotras”, dijo Ulises entusiasmado. Terminó de arreglarse. Se puso su bañador, cogió su toalla y chanclas y se dirigió hacia la zona del barco donde se hallaba una piscina de agua dulce.
Allí estaban las estudiantes. Toda la mañana se estuvieron dando continuos baños y tomando varios refrescos. Sobre las dos de la tarde salieron rumbo al comedor, donde saborearon una estupenda comida en el buffet libre del barco.
La tarde la pasaron también en la piscina. Llegada la noche y una vez cenado, charlaron de forma animada hasta pasadas las 3 de la mañana. Ulises, las acompañó a sus camarotes pasando por delante de un espejo que había en el inicio de corredor exterior del barco que conducía a las escaleras. Sorprendentemente no observó reflejadas las siluetas y caras de tan bellas jóvenes, sino una mezcla de rostros totalmente envejecidos y unas colas de grandes arenques, tremendamente desagradables.
Tras recorrer la ciudad y buscar algún lugar agradable donde recuperarse de tan agotado viaje, encontraron una taberna situada a orillas de un canal donde parecía que la gente comía suculentas viandas. Estando comiendo, se le acercó un hombre de cierta edad, que a Ulises le traía viejos recuerdos y comenzaron a hablar:
-Hola soy Menelao, rey de Esparta.
-Hola yo soy Ulises.
-¿Qué te ha pasado? ¿Tienes muchas heridas?
-Sí. Viendo hacia Venecia tuve un encuentro con Poseidón y luchamos.
-Ven, eso te lo tiene que ver un médico.
-No, no importa se me curaran solas.
-Vale como tú quieras. No sé si te he dicho que necesito un buen arquitecto para volver a vencer a los troyanos.
Ulises se quedó meditando, y respondió:
-Yo te puedo ayudar.
Menelao se alegró y contestó:
-De acuerdo, te vendrás conmigo a Esparta para hacer una estructura que nos permita ganar la guerra.
Tras este breve diálogo, Menéalo y Ulises zarparon hacia Esparta y en el trayecto Ulises le preguntó a Menéalo:
-Menéalo, ¿Por qué habéis entrado en guerra con Troya?
-Porque Paris, hijo de Píramo, cuando yo estaba en Creta para asistir al funeral de mi suegro Coitreo, raptó a Helena, mi esposa.
Ante tal respuesta Ulises preguntó asombrado:
-Y, ¿vamos a ir solos?
-No, he convencido a todos los jefes y para asegurarme su ayuda han prestado juramento: Tindarero, a mi hermano, a Néstor, a Polamides y si te unes a nosotros, a ti también te lo jurarán.
Tras esta respuesta, emprendieron el viaje hacia su duro destino.
Fue un largo viaje pero al fin llegaron a Esparta donde estaban preparando la inminente guerra. Tenían armadas unas sesenta naves, pero Menéalo no fue el jefe supremo pues este honor recayó sobre su hermano Agamenón. Menéalo era tímido y menos amigo de honores que Agamenón, y aun siendo un valiente guerrero capaz de resistir los más duros combates, quedó siempre en un segundo plano. También era menos violento que algunos héroes reunidos contra Troya y sus enemigos se complacían riéndose de él.
Al día siguiente del viaje, Menéalo mandó a Diomides y a Ulises a buscar a Aquiles y lo encontraron en el harén del rey Nicomedes en Esciros. Después Menéalo y Ulises se trasladaron a Delfos para consultar al oráculo y ver lo que les decía acerca de la expedición contra Troya. Como los hados vaticinaron grandes victorias, emprendieron el viaje con las sesenta naves y todos los jefes, dispuestos a conseguir tan gran trofeo.
En el viaje Ulises le preguntó a Menéalo:
-Menelao, ya que nos hemos conocido ¿podrías contarme un poco de tu vida?
A lo cual Menelao, frunciendo ligeramente el ceño respondió:
-Vale. Yo soy, junto con mi hermano, hijo del rey Micenas y pertenezco a la estirpe de Pélope. Mi madre fue la cretense Aerope, hija de Catreo y fue llevada a Micenas por Nauplio después de haber sido entregada a un esclavo.
En mi juventud mi hermano y yo fuimos enviados por Atreo en busca de Tiestres. Lo encontramos en Delfos y lo condujimos a Micenas. Atreo lo encarceló y quiso que Egisto lo matase, pero éste reconoció a su padre y dio muerte a Atreo. Entonces mi hermano y yo tuvimos que abandonar Micenas, de donde nos expulsó Egisto, y nos refugiamos en Esparta junto a Tindoireo. Allí nos casamos con sus hijas, yo con Helena y Agamenón con Clitemestra. Durante varios años Helena y yo vivimos tranquilos en Esparta entre riquezas y una corte hospitalaria hasta que llegó Paris.
Mientras Menelao contaba su historia, el viaje se hizo tan ameno que llegaron a Troya sin percatarse del tiempo transcurrido e inmediatamente después del desembarco de los griegos, Menéalo y Ulises entraron como embajadores en Troya para reclamar a Helena y los tesoros que Paris había robado. Paris, tratando de resolverlo de forma pacífica la contienda, sobornó a su amigo Atimaco para excitar al pueblo y matar a Menéalo.
Ya en Esparta Ulises se puso a construir un caballo de madera donde iban a ir los guerreros que harían creer a los troyanos que era un regalo de los dioses y así entrar en la ciudad y saquearla.
A la mañana siguiente Menéalo, Ulises, Aquiles y otros guerreros entraron en la ciudad escondidos en el caballo de madera. Los demás griegos escondieron las naves y los troyanos al no ver nada metieron el enorme caballo dentro de la ciudad. Por la noche, al estar dormidos, saquearon la ciudad. Al morir Paris, Helena se había casado con Difobo, y Menélao fue a su casa y lo mató para llevarse a Helena.
Después de la guerra Menéalo, en su camino a Esparta, hizo escala en Tendeos, Lesbos y Eubea donde murió su piloto. Como era muy querido por todos, retrocedió para dedicarle unas obras fúnebres. Cuando reanudó el viaje una fuerte tempestad lo arrastró hacia Creta donde permaneció una temporada, para luego seguir desde Egipto, donde había pasado 5 años, acumulando riquezas hasta que finalmente volvió a Esparta 8 años después de haber salido de Troya, por tanto 18 años después de empezar la guerra. En Esparta Menéalo y Helena tuvieron una hija llamada Hermione.
Finalmente, Ulises llegó a Atenas después de vivir muchas aventuras con su amigo Menéalo y decidió pasar una temporada relajado cerca de la playa.
Tras su descanso pensó en partir rumbo a La Valeta en un fantástico barco donde se bronceaba en la cubierta del barco mientras se dirigía a su nuevo destino, La Valeta, la capital de Malta. Aburrido con la situación, pues no había mucho que hacer en un barco tan lujoso, decidió darse una vuelta por la cubierta y al poco rato de estar paseando se topó con un grupo de estudiantes suecas que también se dirigían al mismo destino. Ulises estuvo charlando con ellas, en el espacioso bar del buque, hasta bien entrada la noche. Ulises se sentía cómodo con ellas, pues en sus otras travesías su única compañía habían sido hombres, pero había algo raro en ellas, algo que le resultaba familiar: las asociaba o les rememoraba a unas sirenas, como a las que en otro tiempo y en otras circunstancias conoció, debiendo resistirse a sus llamadas.
A la mañana siguiente, mientras se daba una ducha caliente seguía pensando en lo ocurrido durante la madrugada y en su inacabado viaje hacía su añorada tierra. Una vez duchado, se sentó junto al ojo de buey del camarote volviendo a sus viejos recuerdos. El sonido del timbre, pues se estaba durmiendo soñando con su anhelada Ítaca y su querida esposa Penélope y su hijo, Telémaco, le bajó de sus pensamientos a la realidad.
Todavía con la toalla de baño anudada a la cintura abrió la puerta, descubriendo al grupo de estudiantes en biquini y que querían que les acompañase a la piscina. “En un momento estoy con vosotras”, dijo Ulises entusiasmado. Terminó de arreglarse. Se puso su bañador, cogió su toalla y chanclas y se dirigió hacia la zona del barco donde se hallaba una piscina de agua dulce.
Allí estaban las estudiantes. Toda la mañana se estuvieron dando continuos baños y tomando varios refrescos. Sobre las dos de la tarde salieron rumbo al comedor, donde saborearon una estupenda comida en el buffet libre del barco.
La tarde la pasaron también en la piscina. Llegada la noche y una vez cenado, charlaron de forma animada hasta pasadas las 3 de la mañana. Ulises, las acompañó a sus camarotes pasando por delante de un espejo que había en el inicio de corredor exterior del barco que conducía a las escaleras. Sorprendentemente no observó reflejadas las siluetas y caras de tan bellas jóvenes, sino una mezcla de rostros totalmente envejecidos y unas colas de grandes arenques, tremendamente desagradables.
Nuestro amigo Ulises, pensó que el alcohol se le había subido a la cabeza. En ese momento, unas gotas de agua de mar, debido a una pequeña marejadilla, salpicaron la mano de una de ellas, surgiéndole unas escamas en dicha zona. La mujer se tapó rápidamente esa mano con la otra, pero Ulises se dio cuenta y se le notó demasiado. “¿Qué te pasa, Ulises?”, preguntaron las jóvenes, que no lo eran tanto, ni mucho menos.
“Nada, me ha parecido ver una luz a lo lejos. ¡Mirad!,” dijo señalando hacía el agua. Cuando se asomaron, las empujó de forma violenta, cayendo por la borda. Efectivamente, una vez en contacto con las aguas se transformaron en horribles monstruos marinos.

Estos deformes seres gritaban pidiendo auxilio a Ulises con voces lastimeras y extraños cánticos que le atraían cada vez más hacia la idea de saltar en rescate de estos seres. De forma rápida se bajó hacía el camarote que tenía dos pisos más abajo y una vez en el mismo se puso los auriculares de un reproductor de música con el volumen alto para no sentir los cánticos de los seres que observaba desde su ventanilla. Una vez más sus caminos se habían cruzado, aunque esta última vez había pasado más de tres mil años y observando los cambios que tantos cientos de años habían producido en su antaño bellos rostros y cuerpos. Ulises no se quitó los auriculares hasta llegar, bien avanzado el día, a la ciudad de La Valeta. Todavía con la resaca dentro del cuerpo, no dejaba de pensar en cuáles serían las intenciones de sus viejas conocidas de viaje, las antiguas sirenas, hoy convertidas en seres que el paso del tiempo no había respetado.
Como había pasado muchas penalidades, en cuanto llegó a La Valeta buscó una taberna donde poder tomar una gran jarra de vino y descansar de tantas penalidades como le estaba ocasionando el viaje en busca de su ansiada Ítaca. Pero tanto bebió que al final acabó bajo los lazos de Baco.
Tras unas horas disfrutando de tan dulce sueño consigue dejar de lado su resaca, pero ¿cuál es su sorpresa? No está en el crucero sino en un barco pirata.
¡Qué mal me encuentro!, ¡sirenaaas!.... ¿Dónde estáis?- Grita desesperadamente Ulises.
- Aquí. Contestó con voz grave un pirata somalí.
- ¿Quién es usted?-, preguntó Ulises.
- Soy tu enemigo. Tu secuestrador-, respondió un hombre con aspecto desagradable.
-¿Mi secuestrador? Estarás de broma, ¿verdad?-, replicó Ulises.
- Nunca he hablado más en serio en toda mi vida. Si no cumplen y pagan tu rescate, te mataremos.
- ¿Matarme? ¿A mí? ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?-, dijo asustado Ulises.
- Sí, a ti, ¿qué parte de la frase no entiendes?-, replicó el horrible hombre riéndose.
Dándose cuenta de la situación, Ulises se agacha sobre sus pies fingiendo no encontrarse muy bien y aprovecha la farsa para coger sus armas secretas del interior de sus botas. Saca una navaja que arroja con destreza al pirata, pero éste la esquiva. Comienzan una lucha cuerpo a cuerpo y después de muchos giros en el suelo Ulises tiene inmovilizado al pirata.
Ulises aprovecha para salir a cubierta e intentar lanzar una llamada de socorro. Pero no es posible, pues la cubierta está llena de otros piratas que vigilan a los rehenes.
Ulises le da un machetazo a la cuerda que sujeta la vela al mástil. Cae la tela de la vela sobre algunos de los piratas que vigilaban en cubierta, pero esto no le sirve a Ulises para neutralizar a todos.
Aprovecha la confusión de los piratas para lanzar una bengala pidiendo ayuda.
Los piratas siguen a Ulises por cubierta disparando sus armas de fuego.
Ulises trata de ponerse a salvo, cada vez se encuentra más confundido, no sabe si continúa con su resaca o es un terrorífico sueño, por lo que decide encerrarse en su camarote. Se echa agua sobre el rostro para despejarse, pensando que los efectos de Baco todavía siguen en él y se queda pensativo mirándose en el espejo cuando escucha las lanchas de rescate que vienen en su ayuda. Pero al ver en una de las lanchas a su hijo Telémaco, no duda en salir corriendo del camarote.
Telémaco advierte a su padre del peligro que corre y le pide que siga sus indicaciones para ser rescatado.
Las lanchas de rescate intervienen poniendo a salvo a los rehenes.
-Gracias Telémaco, me cogiste con este helicóptero llevándome a Trípoli, pero no vas a poder creer la aventura que me ha sucedido en alta mar-, le dijo Ulises a su hijo.
Ulises y Telémaco llegan a Trípoli (Libia), con muchísimas ganas de descansar y disfrutar de la ciudad y recuperarse de las aventuras vividas en una gran casa rural.
Pero nuestros aventuremos desconocen el pasado de dicha ciudad……..Una ciudad, que en tiempos pasados estuvo sometida a prácticas de piratería…y que tal vez les depare nuevas aventuras. Tras unos días de descanso Ulises y su hijo se encuentran a un anciano muy amable que les ofrece a pasar unos días en su casa junto a la costa mediterránea. Aceptan encantados por tanta hospitalidad y dedican sus días de descanso a pasear por la playa, recoger conchas para entregárselas a Penélope cuando se reencuentren, pescar… Un día el agradable anciano les pide que le comenten la historia de su vida y junto a la orilla del mar y al lado de una agradable fogata Ulises empieza a recordar sus añorados días de paz y tranquilidad y le relata al anciano su vieja historia mientras una lágrima cristalina recorre sus mejillas. Pero afortunadamente todo eso pasó y tras descansar y recuperar fuerzas Ulises y Telémaco regresan a España, y a su querida ciudad de Cuenca.
Pero que iluso era Ulises si pensaba que sus batallas y quebraderos de cabeza habían pues….
Corría el siglo XXI, cuando por motivos de trabajo, Ulises y su familia a tuvieron que abandonar su Cuenca natal para trasladarse a vivir a Barcelona, ya que Ulises era un gran empresario.
Al llegar a Barcelona, Ulises y su familia fueron a su nueva casa, que estaba a las afueras de la ciudad.
Mientras Penélope y Telémaco colocaban sus pertenencias, Ulises tuvo que ir a su nuevo trabajo para llevar los papeles de su incorporación.
Al día siguiente, durante el camino de ida a su trabajo, Ulises vio a lo lejos una casa abandonada, pero no le dio importancia.
Cuando Ulises llegó a su trabajo, su nuevo jefe lo guió a su nuevo despacho y le presentó a su nueva secretaria llamada Circe.
Pasó el tiempo y Circe se enamoró de Ulises, ya que era un chico muy apuesto. Pasados unos días, hubo un accidente de tráfico, en el que no sobrevivió ninguna persona.
Al llegar a su casa, Ulises vio que no había nadie y que su mujer le había dejado una nota encima de la mesa que ponía: “Hola Ulises, Telémaco y yo nos hemos ido a comprar al centro de la ciudad, hemos cogido el autobús de la línea 1, luego nos vemos, adiós y un beso”.
Ulises mientras tanto, se sentó y encendió la tele, y puso las noticias.
En ese mismo instante, salió la noticia del accidente de tráfico, donde también estaba el autobús de la línea 1, que era en el que subieron Penélope y Telémaco.
Ulises se quedó paralizado y completamente destrozado tras escuchar la noticia, pero algo dentro de él le decía que lo sucedido no era tal y como lo habían contado en las noticias y decidió investigar, así que contrato a un detective para que investigara.
Al día siguiente fue a buscar al mejor detective de la ciudad, y éste nada más contratarlo se puso a investigar de inmediato.
El detective, buscando entre periódicos y papeles que habían en la biblioteca pública de Barcelona, descubrió que hacía 2 años, en la casa que ahora vivía Ulises, hubo un asesinato.
Fue provocado por una mujer de pelo largo ondulado y morena, y con un tatuaje en el brazo derecho, era la letra C. Lo malo era que el detective no sabía su nombre, ya que no ponía nada.
Al parecer decían que esa mujer mató a esa familia porque ella no podía tener hijos y esa familia tenía uno y estaban muy unidos, ella les tenía envidia.
El detective al sospechar, se lo dijo a Ulises de inmediato.
Al día siguiente, mientras Ulises trabajaba, pasó Circe a darle unos papeles. Entonces, como era verano, Circe llevaba una camiseta de tirantes, y Ulises vio que llevaba el mismo tatuaje que la mujer del asesinato y que tenía las mismas características.
Al salir del trabajo, Ulises de camino a su casa vio a su secretaria pasar con el coche y dirigirse hacia la casa que anteriormente había visto abandonada.
Cada vez Ulises empezaba a sospechar mucho más de su secretaria.
Más tarde el detective y Ulises quedaron y éste le contó lo que había visto.
Al día siguiente, cuando Ulises y Circe trabajaban juntos en un proyecto, el detective decidió dirigirse a la casa que se metió Circe.
Al entrar a la casa, el detective empezó a mirar por los cajones de su habitación y vio que tenía un montón de fotos de Ulises y del niño que vivía con sus padres en la casa que ahora ocupa Ulises. También había de Ulises con su mujer y su hijo y Circe le había recortado la cara a su mujer y había puesto una suya.
Llegó lo inesperado, Circe volvió a casa y el detective tuvo que esconderse rápidamente, pero Circe empezó a notar algo raro en la casa. Soltó a los leones para que nadie pudiera entrar ni salir de la casa.
El detective mandó un mensaje al móvil a Ulises diciéndole que Circe había llegado a la casa y que estaba escondido, que fuera rápidamente allí y que la única forma de que pudiera salir de allí y poder recuperar a su familia era diciéndole lo que pensaba de ella a la cara con honestidad y con las mejores formas posibles, y así de una vez quitarle los poderes.
Y así hizo Ulises fue a la casa llamó al timbre y salió Circe. Ulises le dijo que él estaba bien con su familia y que no la cambiaría por nada del mundo, Circe le dijo que se callara que no lo quería escuchar, pero él le siguió diciéndole cosas.
Circe perdió los poderes y dejó libre a todas las personas a las que había transformado y también a la familia de Ulises.
Con todo esto los dioses escucharon a Circe y por todo lo que había hecho, decidieron ponerle como castigo lo que ella hizo con sus víctimas: ser León para siempre.
“Nada, me ha parecido ver una luz a lo lejos. ¡Mirad!,” dijo señalando hacía el agua. Cuando se asomaron, las empujó de forma violenta, cayendo por la borda. Efectivamente, una vez en contacto con las aguas se transformaron en horribles monstruos marinos.

Estos deformes seres gritaban pidiendo auxilio a Ulises con voces lastimeras y extraños cánticos que le atraían cada vez más hacia la idea de saltar en rescate de estos seres. De forma rápida se bajó hacía el camarote que tenía dos pisos más abajo y una vez en el mismo se puso los auriculares de un reproductor de música con el volumen alto para no sentir los cánticos de los seres que observaba desde su ventanilla. Una vez más sus caminos se habían cruzado, aunque esta última vez había pasado más de tres mil años y observando los cambios que tantos cientos de años habían producido en su antaño bellos rostros y cuerpos. Ulises no se quitó los auriculares hasta llegar, bien avanzado el día, a la ciudad de La Valeta. Todavía con la resaca dentro del cuerpo, no dejaba de pensar en cuáles serían las intenciones de sus viejas conocidas de viaje, las antiguas sirenas, hoy convertidas en seres que el paso del tiempo no había respetado.
Como había pasado muchas penalidades, en cuanto llegó a La Valeta buscó una taberna donde poder tomar una gran jarra de vino y descansar de tantas penalidades como le estaba ocasionando el viaje en busca de su ansiada Ítaca. Pero tanto bebió que al final acabó bajo los lazos de Baco.
Tras unas horas disfrutando de tan dulce sueño consigue dejar de lado su resaca, pero ¿cuál es su sorpresa? No está en el crucero sino en un barco pirata.
¡Qué mal me encuentro!, ¡sirenaaas!.... ¿Dónde estáis?- Grita desesperadamente Ulises.
- Aquí. Contestó con voz grave un pirata somalí.
- ¿Quién es usted?-, preguntó Ulises.
- Soy tu enemigo. Tu secuestrador-, respondió un hombre con aspecto desagradable.
-¿Mi secuestrador? Estarás de broma, ¿verdad?-, replicó Ulises.
- Nunca he hablado más en serio en toda mi vida. Si no cumplen y pagan tu rescate, te mataremos.
- ¿Matarme? ¿A mí? ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?-, dijo asustado Ulises.
- Sí, a ti, ¿qué parte de la frase no entiendes?-, replicó el horrible hombre riéndose.
Dándose cuenta de la situación, Ulises se agacha sobre sus pies fingiendo no encontrarse muy bien y aprovecha la farsa para coger sus armas secretas del interior de sus botas. Saca una navaja que arroja con destreza al pirata, pero éste la esquiva. Comienzan una lucha cuerpo a cuerpo y después de muchos giros en el suelo Ulises tiene inmovilizado al pirata.
Ulises aprovecha para salir a cubierta e intentar lanzar una llamada de socorro. Pero no es posible, pues la cubierta está llena de otros piratas que vigilan a los rehenes.
Ulises le da un machetazo a la cuerda que sujeta la vela al mástil. Cae la tela de la vela sobre algunos de los piratas que vigilaban en cubierta, pero esto no le sirve a Ulises para neutralizar a todos.
Aprovecha la confusión de los piratas para lanzar una bengala pidiendo ayuda.
Los piratas siguen a Ulises por cubierta disparando sus armas de fuego.
Ulises trata de ponerse a salvo, cada vez se encuentra más confundido, no sabe si continúa con su resaca o es un terrorífico sueño, por lo que decide encerrarse en su camarote. Se echa agua sobre el rostro para despejarse, pensando que los efectos de Baco todavía siguen en él y se queda pensativo mirándose en el espejo cuando escucha las lanchas de rescate que vienen en su ayuda. Pero al ver en una de las lanchas a su hijo Telémaco, no duda en salir corriendo del camarote.
Telémaco advierte a su padre del peligro que corre y le pide que siga sus indicaciones para ser rescatado.
Las lanchas de rescate intervienen poniendo a salvo a los rehenes.
-Gracias Telémaco, me cogiste con este helicóptero llevándome a Trípoli, pero no vas a poder creer la aventura que me ha sucedido en alta mar-, le dijo Ulises a su hijo.
Ulises y Telémaco llegan a Trípoli (Libia), con muchísimas ganas de descansar y disfrutar de la ciudad y recuperarse de las aventuras vividas en una gran casa rural.
Pero nuestros aventuremos desconocen el pasado de dicha ciudad……..Una ciudad, que en tiempos pasados estuvo sometida a prácticas de piratería…y que tal vez les depare nuevas aventuras. Tras unos días de descanso Ulises y su hijo se encuentran a un anciano muy amable que les ofrece a pasar unos días en su casa junto a la costa mediterránea. Aceptan encantados por tanta hospitalidad y dedican sus días de descanso a pasear por la playa, recoger conchas para entregárselas a Penélope cuando se reencuentren, pescar… Un día el agradable anciano les pide que le comenten la historia de su vida y junto a la orilla del mar y al lado de una agradable fogata Ulises empieza a recordar sus añorados días de paz y tranquilidad y le relata al anciano su vieja historia mientras una lágrima cristalina recorre sus mejillas. Pero afortunadamente todo eso pasó y tras descansar y recuperar fuerzas Ulises y Telémaco regresan a España, y a su querida ciudad de Cuenca.
Pero que iluso era Ulises si pensaba que sus batallas y quebraderos de cabeza habían pues….
Corría el siglo XXI, cuando por motivos de trabajo, Ulises y su familia a tuvieron que abandonar su Cuenca natal para trasladarse a vivir a Barcelona, ya que Ulises era un gran empresario.
Al llegar a Barcelona, Ulises y su familia fueron a su nueva casa, que estaba a las afueras de la ciudad.
Mientras Penélope y Telémaco colocaban sus pertenencias, Ulises tuvo que ir a su nuevo trabajo para llevar los papeles de su incorporación.
Al día siguiente, durante el camino de ida a su trabajo, Ulises vio a lo lejos una casa abandonada, pero no le dio importancia.
Cuando Ulises llegó a su trabajo, su nuevo jefe lo guió a su nuevo despacho y le presentó a su nueva secretaria llamada Circe.
Pasó el tiempo y Circe se enamoró de Ulises, ya que era un chico muy apuesto. Pasados unos días, hubo un accidente de tráfico, en el que no sobrevivió ninguna persona.
Al llegar a su casa, Ulises vio que no había nadie y que su mujer le había dejado una nota encima de la mesa que ponía: “Hola Ulises, Telémaco y yo nos hemos ido a comprar al centro de la ciudad, hemos cogido el autobús de la línea 1, luego nos vemos, adiós y un beso”.
Ulises mientras tanto, se sentó y encendió la tele, y puso las noticias.
En ese mismo instante, salió la noticia del accidente de tráfico, donde también estaba el autobús de la línea 1, que era en el que subieron Penélope y Telémaco.
Ulises se quedó paralizado y completamente destrozado tras escuchar la noticia, pero algo dentro de él le decía que lo sucedido no era tal y como lo habían contado en las noticias y decidió investigar, así que contrato a un detective para que investigara.
Al día siguiente fue a buscar al mejor detective de la ciudad, y éste nada más contratarlo se puso a investigar de inmediato.
El detective, buscando entre periódicos y papeles que habían en la biblioteca pública de Barcelona, descubrió que hacía 2 años, en la casa que ahora vivía Ulises, hubo un asesinato.
Fue provocado por una mujer de pelo largo ondulado y morena, y con un tatuaje en el brazo derecho, era la letra C. Lo malo era que el detective no sabía su nombre, ya que no ponía nada.
Al parecer decían que esa mujer mató a esa familia porque ella no podía tener hijos y esa familia tenía uno y estaban muy unidos, ella les tenía envidia.
El detective al sospechar, se lo dijo a Ulises de inmediato.
Al día siguiente, mientras Ulises trabajaba, pasó Circe a darle unos papeles. Entonces, como era verano, Circe llevaba una camiseta de tirantes, y Ulises vio que llevaba el mismo tatuaje que la mujer del asesinato y que tenía las mismas características.
Al salir del trabajo, Ulises de camino a su casa vio a su secretaria pasar con el coche y dirigirse hacia la casa que anteriormente había visto abandonada.
Cada vez Ulises empezaba a sospechar mucho más de su secretaria.
Más tarde el detective y Ulises quedaron y éste le contó lo que había visto.
Al día siguiente, cuando Ulises y Circe trabajaban juntos en un proyecto, el detective decidió dirigirse a la casa que se metió Circe.
Al entrar a la casa, el detective empezó a mirar por los cajones de su habitación y vio que tenía un montón de fotos de Ulises y del niño que vivía con sus padres en la casa que ahora ocupa Ulises. También había de Ulises con su mujer y su hijo y Circe le había recortado la cara a su mujer y había puesto una suya.
Llegó lo inesperado, Circe volvió a casa y el detective tuvo que esconderse rápidamente, pero Circe empezó a notar algo raro en la casa. Soltó a los leones para que nadie pudiera entrar ni salir de la casa.
El detective mandó un mensaje al móvil a Ulises diciéndole que Circe había llegado a la casa y que estaba escondido, que fuera rápidamente allí y que la única forma de que pudiera salir de allí y poder recuperar a su familia era diciéndole lo que pensaba de ella a la cara con honestidad y con las mejores formas posibles, y así de una vez quitarle los poderes.
Y así hizo Ulises fue a la casa llamó al timbre y salió Circe. Ulises le dijo que él estaba bien con su familia y que no la cambiaría por nada del mundo, Circe le dijo que se callara que no lo quería escuchar, pero él le siguió diciéndole cosas.
Circe perdió los poderes y dejó libre a todas las personas a las que había transformado y también a la familia de Ulises.
Con todo esto los dioses escucharon a Circe y por todo lo que había hecho, decidieron ponerle como castigo lo que ella hizo con sus víctimas: ser León para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario